jueves, 24 de mayo de 2012

Porque te quiero mi niña bonita.





La muerte de un ser querido, la pérdida, siempre es terrible. Pero cuando se pierde un hijo, el dolor toma la cara más dura, estalla hasta límites inimaginables, y la vida de repente se convierte en un abismo repleto de sufrimiento y un gran vacío. Y la persona entra en “algo” (unos, como Parkes lo llaman “fases”, otros, como Kubler-Ross “estadios” y otros, como Worden o Wortman/Silver: “tareas”) que será como un largo y arduo camino por el que el individuo debe pasar. Un abismo por el que no encontramos puentes.

¿Y si tu hijo o tu hija no había nacido todavía? ¿Y si murió al poco de nacer? ¿Y si nació muerto?

Sientes que para algunos tu bebé no existiera o que se limitara a un problema meramente ginecológico. Sin embargo, para ti sí existe, sí es importante, es todo, porque era tu hijo. Está en ti y en tu pareja. Y tiene un nombre, un aspecto; tu bebé es real.

Perder a un hijo, a tu hijo, es perder un presente y un futuro. Es agarrarte a un sufrimiento cargado de pasado, donde la rabia, la culpa, el vacío, las olas de penumbra, el bloqueo, las preguntas sin respuesta, van a ser tu día a día. Sientes que no puedes seguir, que no tienes fuerzas, que nada merece la pena, que no puedes sentir ya, que los demás hacen frases hechas para consolarte y éstas te alejan de ellos, y que no entienden lo que sientes, que el tiempo no pasa y además es eterno y duele mucho. Con su muerte se cierran expectativas de futuro, tus ilusiones, una vida planeada para estar juntos.

Quieres hablar de él, necesitas hablar de él. Necesitas recordarle cada día, abrazarle, sentirle, traerle a tu corazón y acariciar su recuerdo. Necesitas saber cómo fue, y cómo era. Necesitas abrazar su recuerdo.

Recibes consejos tipo: “cuanto antes pasara, mejor” o “no te preocupes, pronto podrás tener otro hijo”. Pero para ti eso no tiene importancia, porque pasara cuando pasó, y hagas lo que hagas en el futuro, él o ella es tu hijo o tu hija. Y el profundo sentimiento del amor ya os unía y ya nadie ni nada podrá romperlo. Porque tu hijo siempre estará ahí y sientes que su olvido sería para ti una traición.

A veces, también te sientes inútil, culpable, o no plena con sentimientos que te hacen daño, o proyectas tu rabia en los demás. Es la dura travesía del duelo.

Nadie sabe lo que estás viviendo, ni lo sabremos. Porque es tu dolor, porque es tu sufrimiento, porque es tu bebé, tu hijo.

No hay que evitar llorar. Llora todo lo que necesites. Comparte con tu pareja tu dolor, porque éste es universal.

No tienes que evitar ni ocultar tu sufrimiento, aunque a los demás les incomoden tus lágrimas.

Aunque tu pareja pueda sentir distinto, compártelo con él/ella y reconfortaros el uno al otro. Cada uno vive el dolor de una manera, pero cada forma es válida y cada uno “hace lo que puede”

Habla sobre tu hijo, pronuncia su nombre, comparte con los que te quieren proyectos que tenías para él.

Habla con otros padres que estén en la misma situación que tú.

Escribe cómo te sientes, tus reflexiones, qué nombre le habías puesto, qué ropita le ibas a comprar, qué pensabais hacer juntos… no tapes su recuerdo.

Escribe sobre tu rabia, y tu enfado, e intenta canalizarla con la escritura para no verterla contra paredes ajenas. Es muy difícil manejar tanto dolor.

Aleja los sentimientos de culpa: tú no eres culpable e hiciste todo lo posible.

No olvides a tus otros hijos, si los tienes, y habla con ellos sobre lo que sienten. Ellos también lo están viviendo. Ellos también pueden estar sufriendo.

Espero que pronto, rodeada de la gente que quieres y que te quieren, podáis hacer camino juntos. El duelo se supera viviéndolo y pasando por encima del dolor. Se supera el sufrimiento sufriendo.

Toda la fuerza para que puedas seguir adelante. Para que no viajes sola/o, porque tu hijo/a irá, vayas donde vayas, contigo.


sacado de - http://www.psicologiacrecimientopersonal.es/duelo-perdida.html -